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¿Por qué leer libros a los bebés?

¿Por qué leer libros a los bebés?

Por: Elisa Bonilla Rius

Especialista en educación y en promoción de la lectura. 

Directora de Relaciones Institucionales de la Fundación SM (www.fundacion-sm.com).

Esta pregunta tiene muchas respuestas, pero la más contundente es, simple y llanamente, porque a los bebés les encanta que les lean. Desde su más tierna edad, niños y niñas disfrutan oyendo la voz de su madre, de su padre, o de algún otro adulto que amorosamente se dirige a ellos para cantarles una canción o para narrarles una historia. La voz cargada de amor, aun y si ésta desafina o trastoca las letras, produce un efecto singular, capta la atención del infante y ayuda a generar un fuerte vínculo afectivo entre madre e hijo a través de la palabra. Por eso, se recomienda que las primeras lecturas sean rimas, porque el recién nacido todavía no ve bien, pero escucha y siente; para él, el primer libro no tiene tanto páginas como voz, caricias y juegos. Tan pronto puede fijar la vista, el bebé ríe al ver las imágenes en los libros y sigue atento la lectura que hace el adulto.


La segunda respuesta a esta pregunta es porque, de manera recíproca, también para las madres (y para los padres) puede ser muy placentero leerles a sus bebés. Pocas cosas hay más gratas que tener un momento relajado en compañía de nuestro pequeñito, captando plenamente su atención. Para ello, es recomendable elegir un lugar especial y designar un tiempo en la rutina diaria, exento de presión y de la sensación de que se cumple con una obligación. Leerle a un hijo, a diferencia de alimentarlo o asearlo, es algo que se hace fundamentalmente por el deleite de hacerlo y no porque sea imperativo o conveniente. Para que el bebé desarrolle gusto por la lectura debe percibir que el adulto que le lee también disfruta leyéndole. Los dos han de estar contentos y cómodos. Si no es así, es preferible dejar la lectura para otra ocasión en la que ambos tengan ganas de leer. De otra forma, se corre el riesgo de generar, en lugar de placer, disgusto y aversión por la lectura.

Dicen los psicólogos que uno de los mayores avances cognitivos en la primera infancia es cuando el bebé y el adulto fijan a un tiempo su atención sobre un mismo objeto (una puerta, un juguete, una persona que entra en la habitación, o un libro), es decir, que tienen “una mirada conjunta” sobre un tercero que les permite compartir un significado común, aun sin necesidad de intercambiar palabras. Estas interacciones ayudan al bebé a construir su mundo interior, con nuevos conocimientos, sensaciones y emociones. Por ello, otra respuesta distinta, pero también importante de por qué leerles a los niños desde muy pequeños, es porque la lectura contribuye de manera esencial a su desarrollo cognitivo. Es decir, a la maduración de su inteligencia.

La lectura compartida entre padres e hijos propicia el desarrollo de múltiples operaciones mentales. Genera, en primer lugar, un diálogo sobre lo leído, entre el adulto y el niño —desde los seis meses de edad—, incluso cuando el niño apenas está aprendiendo a hablar, pues ya es capaz de comunicarse señalando, asintiendo o negando con la cabeza. (Dice la mamá, leyendo el libro: “Mira, el gatito ya no está, se escondió, ¿dónde estará?”. La niña mira la ilustración con atención y pone su dedo sobre la imagen, señalando. La madre le responde: “¡Debajo de la cama! Muy bien, lo encontraste”). Por otra parte, al fijar la vista en las imágenes, el niño ejercita la observación y desarrolla una atención especial para distinguir detalles. La lectura de una narración le permite distinguir diversos personajes, quizá identificarse con alguno, seguir una secuencia de eventos que se van encadenando en el tiempo y relatan una historia. Es decir, le permite reconocer una temporalidad y diferenciar en ella, un antes, un ahora y un después. Al compartir la lectura del mismo libro, una y otra vez, el niño incluso aprende a predecir qué sigue en la narración y puede evocar la imagen mental del suceso, anticipando su lectura. Asimismo, leer le permite al niño entrar al mundo de lo simbólico, mediante el establecimiento de analogías entre el mundo que lo rodea y el mundo que está representado en el libro: el árbol que ve por la ventana de su cuarto no es el mismo que el de la ilustración de su libro, él sabe que éste es una representación.

Cuando periódicamente se lee a un niño, es común ver que sonría cuando el adulto se acerca a él con el libro que tanto disfrutan juntos. Aún los bebés que apenas balbucean, son capaces de señalar o de tomar el libro que quieren leer. Tanto esa sonrisa como el acto de señalar el objeto libro denotan comprensión; muestran que el bebé reconoce por su portada el libro que está a punto de leerle su madre y sabe además qué pasará luego de que ella haya tomado el volumen del estante. Es un acto inteligente, mediante el cual el bebé anticipa y desea algo que aún no ha sucedido (es decir construye una imagen mental de algo que está por ocurrir) y se prepara emocionalmente para compartir el diario ritual de la lectura.

Otra razón de peso para leer un rato todos los días con nuestros hijos es que durante los seis primeros años de vida se construyen los cimientos de un lector competente. Un niño lector asiduo es capaz —mucho antes de conocer el alfabeto—, entre otras cosas, de:  reconocer la portada de un libro; saber que las letras dicen algo acerca de las imágenes contenidas en el libro, aunque todavía no pueda descifrar su significado; darse cuenta de que la lectura (en español) es de izquierda a derecha; leer las imágenes con esa misma direccionalidad; tener un amplio vocabulario; relacionar los personajes y las ideas leídas en diversos textos; reconocer otros títulos de los autores/ilustradores que más disfruta; y sobre todo de argumentar sobre lo leído.

Y si todas las razones anteriores no fuesen suficientes, hay al menos otra más. Al compartir de forma periódica la lectura con un niño lo introducimos al mundo de la literatura y con ello le abrimos las puertas de su cultura y de la cultura de otros. La literatura ofrece a nuestros hijos un espejo para mirarse y una ventana para asomarse a otros mundos. Es en esencia una herramienta para conocerse a sí mismos y para entrar en contacto con los demás. En ese sentido, el contacto permanente con libros, desde la más tierna infancia, es un medio para valorar la diversidad y para ubicarse en este mundo plural. O, en palabras de Yolanda Reyes*, al darle de leer a un hijo: “Lo que entregamos en esos primeros años, más allá de un código o de un método, es quizás un pasaporte para iniciar el recorrido y para aprender lo que requerirá a lo largo de su vida”.

* Reyes, Yolanda (2007) La casa imaginaria. Lectura y literatura en la primera infancia, Colección Catalejo, Editorial Norma, Bogotá; p. 120.

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